Me encontraba abrazando con rebeldía la tristeza candente del duelo.
Padre, ¡habías partido hacía tan poco tiempo!… habías volado al infinito.
Podía oler tu perfume que se me antojaba en el aire cuando menos lo esperaba. Podía sentir tus suaves manos secando mis lágrimas. Imaginaba con nitidez tu sonrisa sincera tratando de contenerme.
Sentía aún, como llegado de un tiempo sin tiempo, el sonido de tus pasos cansados, abatidos, entregados. Sabías que llegaba el fin de tus días pero con valor y dulzura abrazaste tu cruz.
Me encontraba aún impregnada de tu presencia. Te fuiste, pero lo intangible de tu amado ser me sostenía. Lo podía sentir, acompañabas mi andar triste y confundido por su ausencia.
Una templada madrugada de octubre, sumida en un sueño liviano, descansaba en mi alcoba. El aire fresco ingresaba por el ventanal haciendo bailar las cortinas con suaves y silenciosos vaivenes. Entresueños sentía la briza en mi rostro.
Los tenues rayos caoba del sol asomaban de la tierra. Se filtraban tímidos por las persianas y coloreaban la Virgen que posaba iluminada en el respaldar; la que vela mis noches y sana mis heridas.
Embriagada por el pesar del sueño, creí abrir los ojos y allí te percibí, padre, como siempre. Pero esta vez tu visita portaba un mensaje. Tu amada imagen tan clara, tu figura serena y tu mirada color cielo lo decía. Me entregué al sosiego de tus ojos y quedó grabado en mi alma…
El último día – me susurraste-
Aturdida de una emoción avasallante, como moviéndome en una burbuja, lentamente mis pies tocaron el suelo. Adormecida por el aroma del alba, todo mi ser aún sentía tu susurro…
El último día…
Poco a poco, con el transcurrir de los minutos, no siendo totalmente consciente de mis movimientos, me encontré en la cocina, preparando los mates con menta y limón, esos que juntos solíamos compartir.
Miré por la ventana y el día ya era concreto, la luz había ganado terreno y la realidad se imponía. Fue quedando atrás la vivencia de tu presencia, pero se grabaron a fuego en mis entrañas las palabras que soltó tu esencia en tan bella visión.
Quedó varios días la idea rondando mis sentidos. ¿Qué poderoso significado me enviabas con tanta ternura capaz de atravesar los mundos? ¿Qué querías transmitirme y por qué? ¿Qué hacer con tan valioso regalo que como una caricia dejaste en mi piel?
Con tanto ahínco ansié entender tus palabras que, entregándome al devenir de los días, en un instante, sin más, lo supe.
Fue una tarde mirando el horizonte, ese que juntos, entre charlas, mirábamos un día. Una mágica revelación me estremeció, guiada por tu amor infinito y alucinada de emoción, comprendí tu deseo:
Que recuerde el último día ¡el último día contigo padre mío! antes de tu partida al cielo.
Temía recorrer nuevamente esos momentos, mis sentidos habían quedado prendidos a imágenes angustiosas, a llantos dolientes y abrazos suplicantes.
Pero una fuerza me llevaba aún sin quererlo a sentarme en mi sillón y entre almohadones suaves mi resistencia se venció y mi imaginación volvió a revivir los últimos detalles…
Hacía pocas lunas sabía de tu inexorable viaje, mi vida quedó en pausa. Nada podía hacer sino estar contigo padre. Te abracé con mi alma entera y coronados de un amor celestial juntos recorrimos tus últimos pasos.
Te miré, te miré tanto, tanto sabiendo que pronto mis ojos perderían tu imagen.
Te besé, te besé tanto, tanto sabiendo que pronto mis labios perderían tu piel.
Te dije que te amaba tanto, pero tanto, tanto sabiendo que pronto mi voz sería en vano.
Esa mañana mi miraste por última vez ¡estabas feliz! Envuelto en una luz cautivante tu sonrisa me hechizó.
Estamos en casa?? – tu voz sonó sin fuerzas y fue lo último que escuche de tus temblorosos labios.
Si papito, estamos en casa! -Te contesté bajito también. Sentí una punzada en el pecho que me partió en pedazos.
Tu mirada, tu sonrisa, tu felicidad y entrega me enternecieron; un dolor desconocido dobló mis piernas, me iba desvaneciendo a tu lado y te abracé, te abracé tanto, pero tanto, tanto sabiendo que pronto mis brazos perderían tu ser.
Sigo en mi sillón recordando, pero de repente me sorprende una vivencia que no había registrado, que el dolor había ocultado, que la angustia me había negado.
Me acomodo nuevamente, cierro los ojos y abrazando mis piernas me sigo entregando al recuerdo.
Padre!! Ese último día hicimos juntos un último viaje. Nos aislamos del mundo y juntos volamos de la mano.
El reloj se había detenido, una sensación de armonía colmaba la habitación, el perfume a rosas junto con la viveza inédita de los colores, daba la impresión de estar en un cuento de hadas.
Sentía con convicción que las cosas estaban ocurriendo como debía ser, que había llegado la hora, que abandonabas este mundo y lo hacías tranquilo. Dejabas en la tierra los frutos de una vida intensa y llena de amor. Te ibas sin nada pendiente, agradecido y en paz.
Nos sentíamos plenos, felices, había una calma inusitada. Los pájaros semejaban canto de ángeles. El aire estaba limpio, claro y suave. Una aliaza invisible nos unía.
Estábamos vos, yo y “algo mágico”, los tres danzando colmados de amor.
Padre, ahora lo entiendo!! Me mostraste tu camino. De tu mano me asomé al mundo que partías.
Siento ese recuerdo tan vívido y ese mundo tan bello que me embriagué de vida, de tu vida después de tu despedida.
El susurro de esa mañana que como una pincelada de suave pluma tocó mi conciencia, finalmente me colmo de paz, de cálida aceptación, comenzó a sanar mi corazón y trajo nuevamente la calma a mis días.
Hoy siento añoranza de tus francos abrazos, de tus miradas serenas y tus palabras certeras. Hoy siento añoranza de tu andar tranquilo, de tu presencia tan firme y tu amor infinito.
Pero padre ¡te sé alegre y feliz!
¡Imposible no serlo en ese mundo que vi!