Era diciembre, más precisamente el 15 de diciembre.
Con mis 14 años, mi perfume de princesa, mi pelo largo, mi figura juvenil y radiante de emoción, sentía que los días por venir serían inolvidables!
Mis padres habían organizado las próximas vacaciones en un lugar desconocido. Partiríamos en un mes. El destino era “La Casa del Lago”.
Contando con mi ávida imaginación, el nombre del lugar me pareció, desde el comienzo, un lugar mágico. Desde el día que lo supe hasta el viaje no hice más que soltar mi fantasía.
Nunca había estado a orillas de un lago y mucho menos en una casa que al abrir la ventana se pudiera observar el amanecer pincelando las aguas de un bello degradé. Cerraba los ojos y podía ver el cielo anaranjado alucinante; sobre ese fondo visualizaba siluetas oscuras de aves, veleros y uno que otro aventurero que siguiendo el impulso del ensueño se atrevía a caminar a esas horas, atraídos por el hechizo de los colores.
Compartiríamos la casa con una familia que papá y mamá conocían desde hacía muchos años. Esas amistades de adolescentes, que perduran en el tiempo y que es el tiempo mismo que se encarga de obstaculizar el reencuentro por los vaivenes de la vida cotidiana.
Por algún motivo, ese verano pudieron concretarlo. Volverían a verse luego de 20 años. El viaje prometía emoción para todos. Reencuentros, encuentros, paisajes, olores y colores nuevos, el verde de los árboles en contraste con el azul del agua, el canto de los pájaros y… todo, todo lo que mi radiante pubertad me hacía soñar, me llenaba de entusiasmo e intriga.
Había llegado el día!! No pude dormir la noche anterior, preparé mi valija, mi diario, mi máquina de fotos, entre otras muchas cosas. Me sentía toda una aventurera próxima a conocer un lugar exótico.
Era un viaje de diez horas; con auriculares y una almohada me instalé en el asiento trasero. Podía sentir a papá y mamá conversando mientras viajábamos, venía los mates ir y venir, escuchaba sonrisas ansiosas y captaba bellos silencios. En ese acogedor murmullo me dormí a mitad camino. Fue un viaje relajado, feliz y placentero.
Llegamos a la casa del Lago. Se veía gente entrar y salir.
Deben ser los amigos de papá – pensé-
Nos bajamos del auto. El día estaba radiante, el sol jugueteaba con las pocas nubes y el brillo del lago parecía un espejismo. Mientras me desperezaba estirando mis piernas al tocar tierra firme, escucho los gritos de alegría de los amigos de antaño. Veo a los cuatro correr hacia el encuentro, se los veía jóvenes, entre llantos, risas y chillidos.
Quedé por un largo rato al lado del auto observando la imagen de aquellos adultos adolescentes, no quería interrumpir, me gustaba verlos así.
Dando unos pasos por los alrededores, mi vista pasó por la puerta principal de la casa y allí lo veo salir. Quedé paralizada y sentía que mi corazón se me saldría del pecho. Solté sin querer la cámara de fotos que quedó colgando de mi cuello y sentía mis cachetes arder.
Fue un instante que para mí duró horas.
Caminaba con su torso al descubierto, sacudiendo su cabellera mojada de rulos cortos y oscuros. Tenía el sol a su espalda y las gotas que salpicaba parecían danzar iluminadas. Su sonrisa era amplia, venía cantando, alegre, en maya y con un par de esquí en las manos. Tenía brazos fuertes y piernas torneadas, era un poco más alto que yo.
Se dirigía al lago, donde había una lancha. En el camino, en el medio, estaba yo parada, paralizada aún.
Hola! (me dice con un amplia sonrisa) soy Dante, vos… sos hija de…
Si, si hoy hija de mis padres, digo, de ellos, si – señalando a papá y mamá -me sentí una niña atolondrada; mi reacción me avergonzó.
Vení, voy esquiar, te gusta ir en lancha? – siguió hablando con espontaneidad y frescura-
Nunca fui en lancha, pero si, voy! Me llamo Laura – le dije, tratando de recomponer mi postura.
Él era el hijo de los amigos de mis padres. Pasamos frente a ellos en dirección al lago pero no nos vieron, estaban inmersos en sus historias.
En la lancha había un señor que la manejaba. Dante me invitó a subir, me indicó como ponerme el salvavidas y dónde sentarme. Él saltó al lago. Hubo un par de señales entre ambos, acomodaron la soga, los esquíes y se escuchó…
¡Ahora! ¡¡Vamos!! – dijo Dante desde el lago con un señal levantando la mano-
La lancha arrancó fuerte; yo estaba sentada mirando hacia atrás y por ende el espectáculo que salía del mar: Dante esquiando. Por momentos el sol armaba mi imagen soñada: el lago, una silueta perfecta danzando sobre un espejo celeste brillante, los chorros de agua que armoniosos dibujaban un camino de cuentos. Sentí que estaba soñando. Nada pude decir.
Al llegar del paseo ya atardecía. Era tal el estado de confusión y exaltación que pedí a mi madre me permitiera bañarme y acostarme. No tenía hambre y no estaba segura de querer ver otra vez a Dante. Sentía entre temor y vergüenza.
Esa noche, sola en una habitación, tampoco pude dormir.
¡Tanto para sentir! Tanta emoción latiendo en mi corazón, tanta ilusión desconocida. Sentía mi mente flotando en serena plenitud. Era tan joven y me sentía tan estremecida.
Mis sentidos brincaron el umbral, las sensaciones fueron más allá de los límites conocidos. Me asomé a la ventana y el cielo era un manto de lentejuelas vibrantes, se me antojaba un extraño aroma en el aire cálido. Imaginé que era el perfume desprendido por el baile alocado de flores invisibles.
Veía por esa ventana un mundo diferente, con destellos sutiles que embriagaban mi atención. De pronto, junto al aroma y las flores y abrazando los destellos me sentí envuelta y levitada en una tibia bruma, suave pero tan presente a la vez que mi ser no atinaba más que a percibir.
Desvelada, las horas pasaban y yo seguía envuelta en un sentimiento tan dulce como febril.
Llegada la madrugada. Con mi cuerpo cansado por ese prodigioso vendaval de emociones y mi mente aturdida por tal ignoto universo de sensaciones, me atreví a ponerle nombre a aquello que moraba en mi interior. Sin pensar pero segura lo llamé AMOR.
Dante nunca se enteró y después de esas vacaciones no volví a verlo jamás. Es que nuestros caminos tomaron rumbos diferentes. Mi diario fue testigo cómplice de todo lo vivido.
Hoy, treinta años después, una foto me acerca a esos momentos tan intenso y embriagantes. Es que un recuerdo cobró vida y una sonrisa se coló por la ventana del tiempo despertando ángeles dormidos. Ellos traen nostalgias en sus dulces voces pero vierten vida a mi presente, al recordar agradecida que un día amé.
Me quedé por instantes añorando aquel sentimiento y honrando el haberlo sentido. Aquello que sin conocer pero segura llamé Amor.