Mientras bajaba del séptimo piso, mirándose en el espejo del ascensor, Daniela pensó en todo lo ocurrido desde aquel trágico día en que su vida cambió para siempre. Le costaba reconocerse en el reflejo silencioso y frío. ¿Cuánto había pasado? ¿Tanto tiempo como para parecer casi una anciana a los cuarenta y cinco años? No estaba segura, pero juraría que no más de unos pocos meses.
Tenía que apurar el paso; después de cerrar su oficina, la número 185 del viejo edificio en el que trabajaba hacía ya dos décadas, sabía que tenía sólo quince minutos para llegar a la parada del colectivo.
Llegaría a casa y nuevamente tomaría cabal conciencia de la triste realidad impuesta por el destino cuando quiso que la existencia se convirtiera en su mayor pesar. _Hubiese sido mejor haber muerto allí_ pensaba a menudo.
Llovía. La terrible tormenta eléctrica que se había desatado daba a la ciudad un toque de misterio. Invisibles puñaladas rasgaban el cielo con cada relámpago, precedidos ´por estruendos feroces.
El piloto de hule negro soltaba un regadero de diminutas lágrimas marcando el paso de Dani, hasta llegar a la puerta de su casa; con mano temblorosa buscó la cerradura. Del otro lado lo vería. Sufría cada vez que sus miradas se cruzaban, nuevamente.
Abel llevó la peor parte; el impacto fue directo del lado del conductor y ese día manejaba él, Daniela cebaba mates a su lado. Había sido un viaje hermoso, hasta ese momento nefasto. ¡Cuánto deseaba volver a verlo feliz, aunque sea por última vez, pero feliz!
Entró. Con lentitud colgó el paraguas, negro también, en el perchero que, como doliente espectador, permanecía al lado de la puerta.
No estaba en la sala, pero su presencia muda, pesada y confundida se sentía en cada rincón.
Ya atardecía. Al pasar, lo vio sentado en la habitación, con la manta marrón cubriendo sus piernas. El frío empañaba el gran ventanal por el que Abel miraba los colores del ocaso, silencioso. La mirada celeste de su marido, se fundía ahora en el infinito, buscando respuestas. No quiso molestarlo, él sabía que había llegado, siempre lo sabía. Sonaba la misma música que ella puso antes de irse, de Jordi Tanya. El hornito de vela con esencia a lavanda se había apagado pero el perfume había impregnado la casa, como siempre.
Luego de una ducha de inmersión caliente con hojas de manzanillas y sales minerales de colores, Daniela se puso el pijama polar, las medias altas de lana gruesa y el cuello abrigado, bordó. Se sintió reanimada y contenida. Quería acompañarlo, con ternura y paciencia, en ese difícil momento. Él recordaría todo, podía ser en cualquier momento o podría demorar, no sabían cuánto, nadie lo sabía. Pero ese día iba a llegar inexorablemente. Confiaba en lo que le dijo su abuela, que, en los noventa y ocho inviernos vividos, había sabido de muchos casos así y presenciado por lo menos dos. Sólo era cuestión de tiempo. Su abuela rezaba, rezaba mucho.
_ ¿Antes del accidente, también te amaba con locura, como lo hago ahora? _ Preguntó Abel.
Daniela sintió la pregunta recorrerle todo su cuerpo, una dolorosa vibración la atravesó.
Él estaba en la cocina, la observaba cocinar. Parado, lánguido, con tantas preguntas como olvidos.
Ella, sin voltear, cerrando fuertemente los ojos para no llorar, dijo con dulzura:
_ Nos amamos así desde el primer segundo que nos vimos, en la playa, con el sol en la piel y el viento en la cara. ¿Lo recordás?
_ No, tampoco te recuerdo a vos de antes. Sólo sé que te amo y que estamos casados.
¡Cuánto tenía ella para contarle! ¡Cuánto por Dios! Qué doloroso saber que el día que lo recordara todo, sería tarde para los dos.
Lo miró, miró con desesperación esos ojos tan queridos. No había historia en la mirada, era un celeste traslúcido y perdido, veía a través de ellos.
Sólo había vacío, espera, desconcierto.
Letizia no quiso acercarse, cada vez que lo intentaba era más desesperante. Ella debía mantener la calma y sobre todo la cordura.
_ ¿No tenemos hijos? _ ya se lo había preguntado, varias veces.
_ No Abel _ le contestó pensativa.
_ ¿Por qué? _ siguió hablando bajito, ensimismado.
Nunca le dijo la verdad, ¿para qué dañarlo? no valía la pena. Tampoco le mintió. Respondió con una verdad incompleta.
_ Dios no lo quiso.
Ya lo recordaría todo, el casamiento, el accidente en la luna de miel, su muerte y allí… allí partiría para siempre. Faltaba poco, muy poco.