Caminaba impregnada del sutil aroma al protector solar que sabía a exquisito coco, con mis ojotas de goma, mi pareo azul floreado y la capelina beige con una pequeña rosa roja a un costado.
Caminaba a orillas del río, tranquila, sin celular y con el sol entibiando mi piel; buscando un lugar que cautivara mi alma y sentarme allí a leer el libro que, junto al equipo de mate, traía en mi matera.
Caminaba sin prisa, sintiendo la arena hundirse a cada paso salpicando mis pies con pintitas plateadas. Caminaba sola, sintiendo mi soledad.
Era media mañana y por esos lugares, nunca había gente. Las pocas y majestuosas casas que se encontraban subiendo la loma y cruzando la calle, estaban en total silencio. Un silencio pesado, de esos que ocultan rarezas.
A mi paso, junto al río y algo distanciada de aquel silencio, se escuchaba el correr del agua, cristalina.
Sí, ¡¡ayy!!, tan cristalina que me apetecía tocarla, tan pura, tan suave, tan clara. Su sonido llevaba consigo una calma inusual.
A lo lejos y en la dirección hacia donde me dirigía, se asomaba del piso un pequeño bulto. Parecía una niña. Danzaba junto a la ventisca, el moño rosa que sujetaba una rubia y ondulada caballera.
Al acercarme, la vi con claridad.
Estaba en cuclillas, al lado del río, con sus pies descalzos, buscando piedritas. Ella no me vio llegar. Estaba ensimismada, como si estuviese en otro mundo y allí hubiese dejado su carcaza.
—Hola —le digo—.
Ella, sin muestra de entusiasmo, levantó lentamente la cabeza y buscó mis ojos. Los suyos eran tristes y de un pálido color miel. Volvió a bajar la mirada para seguir con sus piedras y salió de su boca un suave..
—Hola.
No dijo nada más, todo seguía igual, como si yo no estuviese allí. Una niña tan pequeña… —pensé— ¿cuántos años tendría? ¿Cómo se llamaría? ¿Por qué estaba sola a orillas de un río profundo?
Me senté cerca de ella y busqué también algunas piedras, trataba de entender qué sentimiento acompañaba a esa niña con tanta concentración en su tarea.
Mientras, llena de asombro, fui descubriendo que había piedras de diferentes colores, formas y tamaño, todas suaves, mojadas, resbaladizas. Al igual que ella, comencé a agruparlas, a intercambiar lugares, a hacer formas o caminitos y envueltas, ambas, en aquella extraña atmósfera, le pregunté:
—¿Cómo te llamas? Yo me llamo Ana —le dije—.
La niña contestó enseguida, con la misma falta de entusiasmo.
—No me gusta mi nombre, prefiero que me llamen Ruli.
—Y, dime Ruli, cuántos años tienes. Yo tengo cuarenta y cinco.
—Yo tengo seis y vos tenés la misma edad que tiene mi mamá.
—Ahhh —le digo— pero qué casualidad. Y… y ¿dónde está tu mamá ahora?
—Debe estar durmiendo, con mi papá.
—¿Dónde vives Ruli?
La niña se levantó y sin mirarme, señaló la loma que subía hacia la calle.
—Allá dijo, la casa no se ve porque está la subida. Pero después de la subida se ve mi casa.
Hice silencio esperando a ver si ella seguía la conversación. Mientras la miraba volver a su posición inicial y tomar sus priedrillas. Era una niña muy hermosa, aunque se la veía sin alegría, sin vitalidad. Era una pequeña bella y tristona, como si le faltara algo a su niñez.
El silencio se prolongaba tanto como yo quisiera, pues ella no hablaba sin mis preguntas.
—¿Tienes amigos Rui?
—Pocos —me contesta levantando los hombros con una expresión de “que me importa”.
—¿Dónde están tus amigos?
—Lejos, viven lejos —contestó bajito.
—¿Tienes perritos? ¿O gatitos o algún animalito?
—No, mi papa no quiere.
La tristeza se apoderaba cada vez más de su rostro. Y mi preocupación por esa pequeña crecía más y más.
—¿Qué estás haciendo acá solita?
—Me estoy escondiendo.
¿Escondiendo? —Me pregunté— las respuestas me creaban una incertidumbre que no sabía en qué pensar. Quise mantener la calma para ver cómo podía ayudarla sin asustarla. Tan pequeña, tan triste, tan extraña la situación.
—¿Estás jugando a las escondidas? ¿Con quién? Porque yo no veo a nadie —le dije—.
—No, me escapé de mi casa y me estoy escondiendo —dijo siempre con el mismo tono de vos y sin dejar de manipular sus manecitas con la arena, las piedras y el agua.
—¿O sea que tu papá y tu mamá no saben que estás aquí sola?
—No, pero dentro de un rato se despiertan, no me encuentran, y comienza el griterío. Siempre es igual.
Ejem… bien. Voy a prepararme unos mates acá al lado tuyo si no te importa. ¿puede ser?
—Si —dijo, levantando nuevamente los hombros— si vos querés, sí.
—Vos decis que es siempre igual. ¿Qué cosa es siempre igual?
—No me ven, no me encuentran, empiezan a gritar mi nombre me buscan, mamá llora, papá sale con el auto.
—¿Y vos qué haces?
—Yo me escondo más cuando empiezan los ruidos. No quiero que me encuentren enseguida.
—¿Es que acaso es un juego inventado por vos?
—No, no es un juego —dice la niña—.
—Entonces… ¿por qué lo haces?
La pequeña me miró, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Volvió a bajar la cabeza sin decir nada.
—¿Lo hacés seguido a esto de escaparte y esconderte?
—Sí, cada vez que los extraño—
—¿A quién extrañas?
—¡¡A ellos!! —me dijo levantando la voz, como si yo hubiese tenido que saber quién “eran ellos”—.
—¿A tu papá y a tu mamá?
—Síiii —dijo casi enojada ya—.
Quedamos en un silencio largo otra vez, se escuchaban los pájaros, la briza traía diferentes perfumes, el agua hacía remolinos con las piedras, los manchones de césped y plumerillos se mecían graciosamente, pero ella no veía nada, no le importaba nada. Ella esperaba.
—Cuando te encuentran ¿te retan?
—No, me abrazan fuerte y allí los vuelvo a sentir, porque los extraño mucho. Ellos nunca me ven. Sólo me ven cuando yo me escapo. Me gustaría que todo el tiempo me miraran como cuando yo desaparezco. Lo intenté varias veces y no ocurre. Ocurre sólo cuando creen que me pude haber muerto. Recién allí me abrazan, recién allí me siento querida.
Ya no hablamos más, me quedé sentada hasta que comenzaron los gritos. Ella se escondió bajo una mata. Yo me aleje para ver el abrazo.
A las doloridas lágrimas de Ruli, las sentía mías.
A los apretados abrazos, yo, aún los extraño.