Hoy jugamos como nunca, más que nunca y más felices que siempre.
Lástima que la lluvia nos hizo salir del río. Era fascinante buscar las piedras de colores en el agua tan pero tan transparente. ¡Cuánto se reía mi pequeño hermano cuando yo salía de repente chapoteando y gritando que encontré la más linda! Él esperaba muy atento sentado en el triciclo con los pies en la arena mientras que todos desaparecíamos por un instante; tomando mucho aire, sintiéndonos buceadores expertos a pesar de nuestros pocos años, ¿eran doce? ¿Doce años teníamos esta mañana?
Pero claro, capaz se reía tanto porque mamá exclamaba y aplaudía de alegría cuando, como un cohete, me veía irrumpir del agua con la piedra en la mano. Y además los mojaba. ¡Ay, como se reía mi hermano pequeño!
No importa que el diluvio nos corrió, no importa. Igual estuvo muy divertido mirar a través del gran ventanal la lluvia furiosa que caía con rabia, jugar en el living con nuestros juguetes y el rico chocolate caliente con torta de naranja que nos preparo mamita. ¡Qué lindo, qué lindo que la pasamos!
¿Cuántos éramos? Mmmm… uno, dos, tres, cuatro, con Santiago cinco… a ver… seis con mi hermoso Jaime, que aunque no camina aún, está siempre metido con nosotros los grandes. Sí, porque ya somos grandes, algunos quieren jugar a los besos pero yo prefiero jugar a la despensa o la peluquería todavía, porque no me animo a besar; como ya soy grande me gustaría, pero no me animo. Siete, ocho y Paulita. Ahhh y yo, diez éramos en total, muchos. Pero… que raro, todavía tengo el pelo mojado. Qué raro. ¿Estaba papá también? Me parece que sí, pero no me acuerdo bien.
¡Qué día tan especial! Y seguro, seguro fue tan lindo porque el sol antes de la tormenta brillaba hermoso, el olor a protector solar sabía a coco, las risas de todos sonaban a música, los pájaros estaban felices también y cantaban bonito, mis amigos tan contentos y el agua bendita de los Domingo que mamá nos dio de tomar apenas nos levantamos. ¡Uy, sí, que lindo, todavía siento la suavidad en mi paladar de esa bendita agua!
¡Pero qué frío que tengo, mucho frío! ¡Cierto! Me mojé mucho, tragué mucha agua, pero ya no estaba en el río, que raro. Estaba ¿en casa? Y También estaba papá, mamá y Jaime metidos en el agua pero ¿en casa? Sí, estábamos en casa, es que el río se metió adentro gritaba mamá.
¿Por qué tanto chillido? ¿Por qué hablan todos juntos? ¿Quiénes son? Pero… no puedo ver y me pesa la cabeza. ¡Qué mareo! Mi cara está caliente y tengo chuchos de frío. Que angustia.
Mamaaaaá – grito llorando
Acá estoy Liza – me susurra al oído
Me tiene en su falda y estamos en el suelo, no sé en donde, me abriga con una frazada suave y calentita, me abraza y llora. ¡Mamá llora!
¿Tengo los ojos abiertos o cerrados? Qué raro, hay muchas sombras y allá, en aquel pedacito, hay una luz y me enciende los ojos, que no se si están cerrados o abiertos.
El brillo viene del otro lado del río, papá y Jaime quedaron allá. Qué radiantes están, felices, cuánta gente hay con ellos y todos de blanco impecable.
Estoy mojada y mojo la manta. Apenas puedo ver a mamá, la oscuridad se mete en mis párpados otra vez.
Mamita, tengo frío, abrazame fuerte por favor.
No sé si voy a poder quedarme con mamá, Jaime me llama.
Mamita, el agua que bañó la casa ¿también es bendita?
La mano calentita de Jaime calienta la mía.
Mamá no pudo cruzar el río.