Vivían en un pequeño pueblo y eran vecinas de toda la vida. Habían nacido con tres días de diferencia, número que Lucy usaba como amuleto para exorcizar sus malos pensamientos. Los días que la distanciaban de ella… tres.
Nunca pudo perdonarse no haber nacido en el cuerpo de Amelia, ese deseo enloquecedor había formateado su vida. No podía alejarse de su “amiga”, una fuerza interior la llevaba a buscarla, siempre. Pero tampoco hubiera tolerado su presencia sin la calma que le daba el número tres.
La atracción que ejercía Amelia donde fuese la torturaba, entonces pensaba:
—Soy Lucy, Lucy, Lucy y todo volvía a estar bien, a pesar de que su madre la abandonó, a pesar de su joroba, su renguera y su timidez.
No importaba los tres de qué; podían ser tres saltos, tres gritos, tres besos, tres pestañeos. Servían para controlar su ira y la dolorosa realidad de saberla existiendo, así, perfecta.
En la fiesta de graduación del secundario Amelia destiló belleza y armonía. Todos danzaron al son de su solera rosa con bordados blancos de perlas. Su cabellera dorada, larga y pincelada de suaves ondas enredaban con pasión los brazos de Carlos, su príncipe compañero.
Lucy se escurrió entre la gente, se escapó en penumbras. Se durmió repitiendo Carlos, Carlos, Carlos; rosa, rosa, rosa; perla, perla, perla. Se fue diluyendo en la oscuridad de la noche dando de a tres golpes en el respaldo de la cama, hasta perder las fuerzas, hasta perder en control, hasta entregarse a los brazos negros del profundo sueño.
Las escandalosas sirenas la despertaron cerca del amanecer. Un exaltado parloteo venía de la casa de Amelia, lo podía escuchar porque inexplicablemente la ventana de su habitación estaba abierta; y escuchaba cada vez con mayor claridad.
—¡Es Amelia! ¡Sí, es ella!
—¡Es Amelia, Dios mío! ¡Está muerta! ¡Tiene clavado tres puñales!
Lucy aterrada, repitiendo tres, tres, tres se topó extraviada y confusa frente a frente con la imagen que le devolvió el espejo: una adolescente, pálida y contraída, vestida de rosa con un collar de perlas blancas, con joroba y bañada en sangre.