Gabriel y Damián. ¿A quién se le ocurrió nombrarlos así? ¿Qué opciones les dejaron con esos nombres? Pobres chicos. ¿Habrá sido un presagio?
Ellos, tan iguales, dos gotas de agua, idénticos.
Ellos, tan diferentes.
La madre no los conoció, su alma voló al cielo en el momento en que los expulsó de su vientre, con el último suspiro.
¿Los habrá nombrado su padre? ¿o su abuela? Qué terrible comienzo pobres chicos, sus destinos estaban marcados.
Recuerdo cuando ingresaron por primera vez a la casa, en brazos de la tía. Roberto caminaba detrás, su desconcertada figura fantasmal seguía el rumbo del dolor. Su esposa había partido y en su lugar dejó a dos desconocidos.
Un manto de amargo silencio y sordo reproche los cubrió desde que por primera vez sus pequeños pulmones respiraron el aire viciado y agónico de esa nefasta mañana.
Así crecieron. Tan iguales y diferentes a la vez. Pobres chicos.
Los vi salir temprano. A Gabriel siempre le gustó pescar y a Damián, la práctica de tiro al blanco; partieron juntos, siempre juntos, quizás demasiado.
Manejaba Damián. Gabriel no podía, su invalidez se lo impedía; pero, la vida que le faltaba a sus piernas rebosaba en su esencia pura, con ella había aprendido a volar. Estar a su lado era revitalizante, un ser celestial.
Este es el lugar de siempre ¿no? -la pregunta retórica de Damián coincidió con el chillido de los frenos. Habían llegado.
Era un día cálido y la briza húmeda que llegaba del lago quería acariciarlos. El brillo del agua intranquila rebotaba en los oscuros lentes que escondían las miradas. El plaf, plaf, plaf de las pequeñas olas llegando a la orilla marcaban el ritmo del corazón apacible de Gabriel.
Hoy voy a pescar. En el aire hay un sabor a triunfo, cierro los ojos y me veo con un enorme pez colgando de mi caña – dijo Gabriel sonriendo, mirando el rasgado espejo de agua- Sí, hoy es el día.
Damián, detrás, con un humor tan oscuro como el caño negro y sucio de la pistola que sostenía con ambas manos, hizo una seña de fastidio y pensó “qué iluso”.
¿Dónde llevo las cosas? – le preguntó Damián, mirándolo de reojo, sintiendo esa ambivalencia que lo carcomía. Cada vez que lo miraba se veía a sí mismo tullido.
Ellos, dos gotas de agua, tan diferentes.
Allá – señaló Gabriel.
Ok, las dejo ahí –Damián caminaba dejando una estela espesa tras sus quejosos pasos. Sabía que tarde o temprano se lo diría a Gabriel. ¡Esa maldita manía de hacerlo! Esa enloquecedora compulsión a repetir el daño para luego jurar no reincidir, para luego vivenciar el desagradable remordimiento y purgar la culpa del deseo irrefrenable.
La brisa había calmado y con ella el sonido del agua. La tensión de lo no dicho comenzaba a lastimar. Ambos querían hablar. Ambos se quitaron los lentes.
¡Tan ricos como de costumbre! María cocina muy bien – comenzó Gabriel buscando los ojos de Damián, que se escurrían en el sándwich.
Sí – contestó inventando un bostezo.
¿Pasa algo? Casi no hablaste durante el camino.
Nada, no sé –Damián esbozó una respuesta apenas audible jugueteando con el pan, pensando en lo que había hecho.
El tintineo de la campanita que colgaba de la caña avisaba el pique. Quedaron largo rato en silencio mirándola, a ver si se doblaba, si el pez se prendía, esperando el momento… de hablar.
Gabriel tomó aire hinchando el pecho, miró a Damián y luego de varios intentos, finalmente se acomodó en la silla y tomó coraje:
Hoy le voy a pedir a María que se case conmigo. Llevamos tiempo viéndonos. La amo – ¿cómo lo tomaría? Significaba separarse y, de los dos, al que más le costaba era a él, a Damián.
No lo esperaba, Damián no lo esperaba. Sintió su cuerpo quemar de una rabia destructora. Se lo diría, el dolor ahora sería mayor y mayor aún la culpa.
No lo hagas, no te cases – dijo finalmente tras retorcerse por contener lo que quería escupir. Mirando a su hermano lanzó el veneno para alimentar su culpa.
A Gabriel le bastó con ver la expresión de sus ojos, la conocida amalgama de odio y remordimiento.
¿Lo… hiciste?, ¿Lo hiciste otra vez? – la serena voz de Gabriel se metió en el alma atormentada de Damián.
¡Sí! – Gritó ahogado- En mí te buscan a vos, a vos sano, entero. No me quieren a mí, te aman a vos y me usan para fantasearte indemne. Esta fue la última vez, ¡lo juro! ¡Estoy cansado! – le dijo llorando arrodillado a su lado.
Sí- dijo Gabriel- Será la última vez.
Con un armonioso movimiento de segundos, buscó el arma que tenía a sus pies y se disparó en el corazón.